NO QUIERO SER LA MADRE PERFECTA

 


Algo que siempre había pensado cuando estaba embarazada era “sólo pido dormir por las noches, lo demás creo que podré manejarlo”. Esto de no dormir era algo que sabía que, llegado el caso, no iba a llevar bien. No sólo porque me encanta dormir, sino porque cuando no lo hago me pongo de muy mal humor y soy incapaz de rendir durante el día. Así que durante mi embarazo eché mano de todos los recursos que conozco para “crear la vida que quieres”: confié en mi bebé, pensé en positivo, visualicé cada noche cómo Mateo dormiría a pierna suelta, etc...

Dicho esto, ¿os imagináis lo que pasó, no? Pues sí, efectivamente: Mateo resultó ser un maravilloso retoño, activo, curioso, enérgico y con unas inmensas ganas de vivir. Para él, dormir es perder el tiempo y cada dos horas se despierta para ponerse a gatear, comer, jugar o lo que sea con tal de mantenerse activo y descubrir cosas nuevas.

Tengo que reconocer que lo de no dormir lo llevo muchísimo mejor de lo que me imaginaba (y llevo ya 9 meses así…): rindo durante el día (de hecho no paro porque, además de trabajar, voy todo el día detrás del peque), sonrío, me como a besos a Mateo aunque me haya dado la noche y procuro estar de buen humor. Lo cierto es también que las hormonas ayudan, aunque sospecho que su efecto no tardará en desaparecer…

 Por otro lado, algunos ya sabréis que si tu bebé no duerme la duro que tiene ser padre aumenta exponencialmente. El agotamiento te acompaña día y noche y te persigue allá donde vas.  Hay días en los que lo llevas mejor que otros, y también hay noches en las que sientes que no puedes más.

Pero ¿qué he aprendido durante estos 9 meses de falta de sueño?  Mirad, yo siempre había creído que tenía mucha paciencia, pero un bebé te lleva a conocer tus propios límites: te lleva a veces perder los nervios, a pensar que la situación te supera, a culparte por perder la paciencia y pensar que no lo estás haciendo bien. De hecho, cuando eres madre te culpas por un sinfín de cosas: por no ser capaz de llegar a todo, por contestar mal a tu marido, por no ser siempre lo cariñosa que “tendrías que” ser con tu bebé llorando a las 4 de la mañana…cualquier cosa que le pase (o le deje de pasar) a tu hijo es motivo para fustigarte.

Como coach, siempre he dicho que las emociones no son ni buenas ni malas, y que siempre traen información. Por eso hay que darse permiso a sentirlas y a expresarlas.  Eso es lo que he dicho y he procurado hacer siempre. Pero cuando me he convertido en madre, el tema ha cambiado radicalmente. Nunca hasta ahora había sentido tan a menudo esta emoción tan molesta, y claro, darte permiso para sentir la culpa…pues como que una intenta mirar para otro lado…

Aún así, sé de buena tinta que ello sólo contribuye a empeorar las cosas. Así que, yo he decidido que sí, que voy a mirar ahí! Y voy a sacar mis propias conclusiones sobre la clase de madre que quiero ser. He decidido que no quiero perder la paciencia, pero si la pierdo me voy a dar permiso a ser humana, a no ser perfecta, a meter la pata y a aprender de mis debilidades para procurar hacerlo mejor la próxima vez. No quiero ser la madre perfecta, quiero ser una madre completa, con mi fallos y mis virtudes, y no castigarme por ello. Quiero que mis fallos sirvan para que mis hijos también aprendan de ellos y que no hace falta ser perfecto para ser valiosos. Quiero perdonarme y también saber pedir perdón, y así enseñar a mis hijos el valor de la empatía y la humildad.

Somos seres humanos y como tales, tenemos nuestras limitaciones. Reconocerlas y hacernos responsables de ellas nos ayudará a conectar más con nosotros mismos y con nuestros hijos, a sobre llevar mejor las situaciones y a poder expresar lo que sentimos sin culpa ni reproches. La culpa es algo que las madres solemos tener muy a mano, y NO NOS AYUDA. Es una de las emociones más tóxicas y destructivas que hay. Nos genera angustia, nos hace daño y no sirve para nada. Y esto, por supuesto, no es sólo aplicable al hecho de no dormir, sino al mundo de ser madre al completo: si creo que no paso el suficiente tiempo con mi hijo, o no come lo que debería, o no le puedo dar el pecho, o si mi hijo no hace caso, si saca malas notas, si tiene rabietas o tiene celos de su hermano…

Con todo esto quiero decir que nuestro cometido como madres no es ser perfectas, sino ser el mejor apoyo posible para nuestros hijos. Ser un espejo donde se puedan mirar para coger de nosotras lo que les sirva, y aprender de lo que no. Nuestra misión es que aprendan a ser independientes, y que crezcan con autoestima, empatía, humildad, generosidad y sin la presión de tener que ser perfectos. Y para ello, primero deberemos hacerlo nosotras con nosotras mismas. Porque no nos olivemos de una cosa fundamental: NOSOTROS SOMOS SU ESPEJO, Y ELLOS NOS DEVUELVEN NUESTRO REFLEJO.